
Un
gato negro cruza debajo de
una escalera un
martes y trece cualquiera de un
año bisiesto y una crupier rubia como una
heineken baraja con las manos del
demonio los ases de mi quiebra en el banco del que era
tu cuerpo. En mi poema la Noelia de Nino Bravo la chupa por otro tirito de crack.
La luna se masturba colgada de la ventana de la última
colegiala virgen del barrio donde muero. Mientras mi vecina jadea como si la lamiera un doberman. Y no hay una farola que no memorice
nuestros abrazos ni un sólo bar que no sepa de tus
olvidos, ni una orilla que no
recuerde tu top less. En mi poema hay sexo en los lavabos y me excita verte mear mirando al techo. Y el ejército de
tus zapatos de tacón invade el territorio de mis neuronas que
se retuercen de morbo unas contra otras haciendo que me arrodille a lamer tu sombra. Escribo, parece una
canción que ya conoces, aquella que silbabas cuando la
felicidad era
(es) suspirarnos dentro de la boca. Y
no te mueres nunca de repente, de aqui, de mi memoria masoquista.
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